El fin último de la ética utilitarista, ya sea ésta de la regla o del acto, es obtener las mejores consecuencias globales al realizar una acción determinada. Para valorar la bondad de dicha acción debemos tener en cuenta los intereses de todos los sujetos morales, pues son éstos todos los seres que poseen intereses; y además debemos juzgar la importancia relativa de dichos intereses, procurando evitar primar unos intereses sobre otros en función exclusiva de cuestiones tan irrelevantes para la ética como la pertenencia o no a cierto colectivo.
Pero, aún teniendo meridianamente claro el objetivo final de nuestra ética, puede resultarnos sorprendentemente difícil optar, en ciertas ocasiones, por obrar de una u otra forma. Esto se debe a que no siempre podemos prever las consecuencias de nuestras acciones, ya sea porque no existen precedentes o porque la balanza en la que se mide la bondad de nuestras acciones está tan equilibrada que no resulta fácil decantarse por obrar de una forma u otra.
Este es el dilema al que se enfrentan los defensores de los animales no humanos a la hora de decidirse por una estrategia basada en una rechazo frontal a cualquier tipo de explotación animal y discriminación en función de la especie (los denominados abolicionistas), o los que optan por defender una serie de medidas reformistas en las leyes y costumbres que regulan dicha explotación a fin de que ésta desaparezca a medio o largo plazo (los denominados neobienestaristas).
Existe una tercera postura en lo que respecta a la cuestión de los animales no humanos. Es el denominado bienestarismo, que difiere sustancialmente de las dos anteriores, pues su pretensión no es abolir la explotación animal, sino regularla de forma que los animales no humanos sean tratados de una forma humanitaria. Obviamente, no me voy a detener a explicar las consecuencias negativas que se derivan de la aplicación práctica de esta postura. Si alguien está especialmente interesado en saber más acerca del bienestarismo, puede leer el artículo: “Defensores de los animales bienestaristas: un oxímoron”, de Gary Francione.
Volviendo a la cuestión inicial, sobre las diferencias entre abolicionistas y neobienestaristas, no cabe duda de que lo que más desearía cualquier defensor de los animales no humanos es el fin de la explotación en el plazo de tiempo más corto posible, pero tenemos que ser realistas, y admitir que es imposible un vuelco en las leyes que regulan la explotación animal, y mucho menos en las costumbres de todos y cada uno de los seres humanos que pertenecen a nuestra sociedad. Está claro que los neobienestaristas tienen presente este hecho, dado que lo que proponen es un cambio gradual en las leyes que regulan la explotación animal, pero también los abolicionistas son conscientes de que no se puede dar un cambio tan sustancial en la sociedad de la noche a la mañana. Entonces, ¿en qué consisten realmente las diferencias entre ambas estrategias? Muy sencillo. Los neobienestaristas actúan en dos grandes campos de acción: la concienciación individual y la lucha por el cambio en la regulación de la explotación animal. Un ejemplo sencillo de lo que se podría considerar un acto de concienciación individual es la promoción del veganismo, como rechazo del uso de animales no humanos como recursos alimenticios. Por la contra, un ejemplo de lo que se podría considerar lucha por el cambio en la regulación de la explotación animal es la reivindicación de mejora en las condiciones en las que se explota y sacrifica a los cerdos en la industria ganadera. Por su parte, los abolicionistas comparten por completo el primer punto (sobre la concienciación individual), pero las únicas medidas que aceptan en lo referente a reformas legales son las que prohíben el uso y explotación de animales no humanos, pues consideran que la lucha por el cambio en la regulación de la explotación animal puede llevar a la perpetuación de la mentalidad especista y dificultar el fin de la explotación animal. De esta forma, desde un punto de vista abolicionista sería poco ético aceptar una mejora en las condiciones en las que se sacrifica a los cerdos en la industria ganadera.
Optar por una u otra estrategia pasa inevitablemente por cuestionarse la conveniencia de las reformas de carácter bienestarista. ¿Es posible alcanzar la abolición de la explotación animal en base a la aplicación de una serie de medidas de carácter reformista? Los abolicionistas piensan que no, mientras que los neobienestaristas creen que sí. Hay que tener en cuenta que el hecho de aumentar el tamaño de las jaulas en las que se encierran a las gallinas ponedoras implica una leve mejora para cada una de las gallinas individualmente, por lo que los humanos sentirán menos remordimientos a la hora de consumir huevos y, por consiguiente, aumentará sustancialmente el número de gallinas enjauladas. La consecuencia global de un aumento en el tamaño de las jaulas supone una disminución del sufrimiento de cada una de las gallinas, pero un aumento global del sufrimiento, si tenemos en cuenta el aumento del número de gallinas explotadas.
Si de lo que se trata es minimizar el sufrimiento global, la promoción de medidas de carácter reformista podría resultar contraproducente, pues el aumento de sufrimiento producido por el aumento en la demanda de productos de origen animal sobrepasaría con creces la disminución de sufrimiento de cada uno de los animales no humanos que son explotados. Esto nos lleva a pensar que el abolicionismo es la única postura según la cual no se ven perjudicados los intereses de ningún animal.
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